lunes, 26 de diciembre de 2011

Estados Unidos en crisis.

La semana pasada, Barack Obama viajó a Osawatomie, Kansas, para dar inicio a la etapa más populista de su intento de reelección en 2012. "Este es un momento crucial para la clase media," declaró el presidente de Estados Unidos, que eligió el mismo lugar en el que Teddy Roosevelt en 1910 pidió una era más progresista. “Creo que este país tiene éxito cuando todos reciben una oportunidad justa”, aseguró.

Siempre tiene sentido político afirmar que todos deberían recibir una “oportunidad justa”, particularmente en un momento en que la desigualdad de ingresos en Estados Unidos compite con la que existía en la “Edad Dorada” de Mark Twain. Pero quizás para Obama fue rebuscado sugerir que la clase media norteamericana se encuentra frente a un momento crucial. En realidad, durante la última generación la fuerza de trabajo se fue polarizando en una tendencia que se ha acelerado desde el año 2000.

Estados Unidos solía ser excepcional. En la posguerra, su desempleo era más bajo que en Europa y mantenía un mayor índice de productividad, lo que le permitió al país generar magros beneficios; el concepto de salario justo estaba al alcance de la mayoría. Y eso le brindó a Norteamérica una clase media en auge que hasta hace poco era el motor más importante de la demanda global.

Ya no más. Hoy el desempleo en Estados Unidos es superior al de gran parte de Europa. Y el consumidor norteamericano tiene una elevada deuda personal. A medida que se profundiza la crisis laboral, también se intensifica la polarización política estadounidense. En el debate de Washington, son comunes las acusaciones de “guerra de clases”. Al contrario de los años sesenta, década dominada por las manifestaciones a favor de la paz y los derechos civiles, las batallas de hoy son económicas. Sin embargo, hay pocas señales de que los funcionarios o los economistas estén cerca de encontrar respuestas.

Nada de lo que Obama ha logrado desde 2008, incluyendo evitar una segunda Gran Depresión y conseguir la aprobación de una reforma del sistema de salud, parece haber resuelto ese problema estructural subyacente. En realidad, las señales indican que el problema se está intensificando. En palabras de David Autor, economista laboral de Harvard University, la fuerza de trabajo está sufriendo una creciente “the missing middle”, que corresponde a empresas pequeñas que teniendo un potencial importante de crecer no lo logran.

En resumen, los empleos que requieren conocimientos medios que antes constituían el motor de la clase media más rica del mundo están desapareciendo. Están siendo suplantados por trabajos de baja calificación (y bajos salarios) que no pueden reemplazarse ni por tecnología nueva ni por medio de la tercerización, tales como enfermeros y paisajistas. También se están creando puestos de empleo para la gente altamente capacitadas, especialmente en ciencias, ingeniería y gestión.

Para el resto de la fuerza de trabajo, incluyendo graduados universitarios, es cada vez más difícil encontrar un empleo seguro y más complicado aún conseguir salarios acordes a la inflación. La mayoría de la gente sabe que el ingreso medio del norteamericano cayó fuertemente desde fines de los noventa. Son menos lo que son concientes de que, en el mismo período, los ingresos reales también bajaron mucho para los empleados con diploma universitario. Sólo los que tienen posgrados, en particular doctorados, ven ganancias netas (que para algunos son espectaculares). La crisis laboral tiene muchas manifestaciones preocupantes, de las cuales vale la pena destacar tres. Quizás lo más problemático sea el menor dinamismo del mercado. La gente solía describir al mercado de trabajo norteamericano como schumpeteriano, por el economista neoclásico australiano que hablaba del ciclo de “destrucción creativa”. Se pueden perder puestos de empleo en una crisis, pero son rápidamente reubicados en sectores más productivos cuando se reanuda el crecimiento económico. Eso no es lo que ocurre ahora.

Según la consultora McKinsey, llevó seis meses a la economía norteamericana retomar el nivel de empleo anterior a la recesión después de la crisis de 1982. Después de la recesión de 1991, fueron 15 meses. Y luego de 2001, la recuperación tomó 39 meses, lo que significa que la economía necesitó casi el ciclo económico completo para reponer todos los trabajos legados por el anterior. Tras la Gran Recesión de 2008, McKinsey pronosticó que la economía tardaría 60 meses en alcanzar el nivel de empleo anterior a la crisis.

Esa predicción ahora es optimista. En diciembre de 2007, la economía estadounidense empleaba a 146 millones de personas. Cuatro años después, languideció a 140 millones. Al actual ritmo de creación de trabajo, necesitará otros dos años y medio para volver a los niveles de 2007, lo que llevará el plazo de recuperación a 78 meses. Esto es destrucción sin la creatividad. Aún eso subestima el problema, dado que en este período la población se habrá incrementado en más de 10 millones.

“Conozco compañías que emplean ingenieros experimentados cuyo única tarea es encontrar maneras de reducir el personal”, comentó Carl Camden, CEO de Kelly Services, una agencia de selección de personal con casa central en Michigan. “En todas partes se trata de achicar la nómina permanente y todavía estamos en las primeras etapas de esta tendencia”, agregó.

El segundo problema proviene del primero: Estados Unidos está empleando una menor proporción de su gente. A comienzos de la recesión, la relación empleo - población era de 62,7%. Hoy el coeficiente es de 58,5%. El mes pasado, el desempleo cayó de 9% y 8,6%. A simple vista, es un buen salto en la creación de empleo. En realidad, más de la mitad del descenso proviene de la menor cantidad de personas que “buscan activamente” un trabajo. Los 315.000 que desertaron del mercado laboral exceden con creces los 120.000 nuevos puestos.

Según las estadísticas oficiales, si hoy hubiera la misma cantidad de gente que busca empleo que en 2007, el índice de desocupación sería de 11%. Algunos dejaron de solicitar beneficios de desempleo para exigir subsidio por incapacidad y, por lo tanto, dejaron de formar parte de la fuerza laboral. Otros reciben ayuda de sus parientes. Están también los que terminaron en la cárcel. En 1982, había más de 500.000 presos; hoy son 2,5 millones, más que la población combinada de Atlanta, Boston, Seattle y Ciudad de Kansas, según el Proyecto de Movilidad Económica de Pew Center, un think-tank con base a Washington.

Finalmente, una creciente porción de los empleos que se están creando pertenecen a los sectores menos productivos. De las cinco ocupaciones que, según cálculos de la Oficina de Estadísticas Laborales, crecerán más entre hoy y 2018, ninguna requiere un diploma. Y ellas son: enfermeros titulados, “auxiliares de salud domiciliaria”, representantes del servicio al cliente, trabajadores a cargo de elaboración de alimentos y "asistentes de cuidado personal".

La actividad industrial no se encuentra entre los 20 primeros, y esos puestos no pueden reemplazar el salario y las condiciones que eran típicos de ese sector. “La industria de elaboración de alimentos no puede sostener a la clase media,” explicó Dan DiMicco, CEO de Nucor, una de las dos siderúrgicas grandes que todavía quedan en Estados Unidos, cuyo lema es “una nación que construye y fabrica”.
La marea no favorece a DiMicco. Según un estudio elaborado este año por Michael Spence, economista de Stanford University y ganador de un Premio Nobel, y Sandile Hlatshwayo, toda la creación neta de empleo desde 1990 se produjo en el “sector no transable”. Entre 1990 y 2008, Estados Unidos sumó 27,3 millones de puestos de trabajo, de los cuales casi todos fue en servicios. Casi la mitad surgió en el sector salud o el sector público, ambas áreas cuyo crecimiento de productividad es prácticamente nulo. A la inversa, el impresionante incremento de la productividad en la industria manufacturera siguió el mismo ritmo de la reducción en las nóminas de personal.

Si hay una explicación de porqué los ingresos de la clase media se estancaron durante la generación pasada, es ésta: los empleos que puede crear Estados Unidos se ubican en los sectores menos eficientes, son el tipo de empleo que ni las computadoras ni China lograron eliminar. Esa tendencia está empezando a afectar a los trabajadores norteamericanos altamente capacitados y los empleos mejores pagos peligran cada vez más, aseguran Spence y Hlatshwayo.

La pregunta es qué se puede hacer para reactivar este mercado laboral cada vez más esclerótico. La respuesta habría sido simple si hubiera estado en boca de todos hace mucho tiempo. Desafortunadamente, no hay precedentes de los desafíos que enfrenta hoy Estados Unidos y, por lo tanto, hay poco consenso entre los economistas o autoridades sobre cuáles son los remedios más recomendables. Sin embargo, todos concuerdan en cómo evitar que la situación empeore. En la cima de la lista está mejorar el sistema educativo para todas las etapas de la vida.

Desgraciadamente, modificar un sistema educativo cada vez más mediocre es fácil decirlo pero no hacerlo. Y tampoco es sencillo capacitar en forma realista a grandes porciones de la fuerza laboral. Quizás haya lecciones que aprender de naciones como Alemania, particularmente la educación vocacional, pero hay poco interés federal para ponerlas en práctica.

Los economistas también concuerdan en la necesidad de aplicar una serie de otras medidas, desde un mayor gasto en infraestructura (ahora que el estado de los caminos y aeropuertos se está deteriorando con rapidez), hasta una política inmigratoria más sensata que incentive a los estudiantes extranjeros más talentosos a permanecer en Estados Unidos. La mayoría además pide inversión mucho mayor en investigación y desarrollo y mejores incentivos privados.

Juntas, estas reformas tendrían un impacto, pero pocos creen que transformarían el panorama. "La verdad es que no sabemos cómo reparar el mercado laboral norteamericano, estamos en territorio desconocido", aseguró Peter Orzag, ex director de presupuesto de Obama y ahora vicepresidente de Citi.
fuente: cronista

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